viernes, 15 de febrero de 2019

Teatro del Oprimido e Igualdad de Género

Cap 3. Experiencias
Teatro del Oprimido e Igualdad de Género
Planteamiento sobre la Igualdad desde el Enfoque Participativo 




(...)
En resumen, describir desde fuera y desde arriba la desigualdad y la igualdad, supone una espectacularización de nuestras vidas y nuestros deseos. Los vemos desde la butaca. Consentimos por la sensación de recibir algo a cambio, que es que nos digan lo que pasa, así como ser destinatarios-as de políticas públicas. A nivel de creencias, nos encontramos entonces con la idea de que la des-igualdad es una cuestión que atañe a las instituciones y a lo normativo, y no a las personas ni a sus prácticas cotidianas, en la medida en la que a través de ellas se re-cree la cultura. Tirar fuera la responsabilidad/ posibilidad de cambio social deja maniatadas las oportunidades de dirigirlo desde las vivencias cotidianas, pero hace también que el marco legal favorable, así como otras formas aparentes de igualdad, den la sensación de que el trabajo ya está hecho; que hombres y mujeres tenemos la misma posición estructural, las mismas relaciones con respecto al capital y a la definición del mismo en todos los campos sociales.

Desde esta uniformidad, la igualdad se prepara para su consumo en contextos como los asociativos, en vez de ponerla en práctica desde cualquier foco como apuntaría Foucault ([1977] 2009). La sociedad se autogestiona como un gran mercado, en el que “el espectáculo marca el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social (Debord, [1967]2005). Así, ocurre con la idea de igualdad lo mismo que con otros objetos de la galería, que se publicitan desde la doble instancia que controla al espectador en la medida en que lo mantiene en su condición de tal. La doble instancia consiste en “la represión continua del deseo (: 201, 202). Así, la “libertad del deseo”, esto es, la sensación de que podemos elegir entre las igualdades que nos ofrecen en los escaparates oficiales, consiste en la ficción de que nos movemos hacia un fin; tener trabajo, tenerlo en buenas condiciones, estar liberada, ser independiente, ser jefa, ministra, estrella de cine o reina mundial. Movimientos ilusorios, al menos por dos motivos: por un lado, el doble juego de “las creencias y los valores que hacen deseable una determinada manera de ser hombre [ser mujer] aunque tornan escasos los medios requeridos para alcanzar estas metas de socialización” (Mandly, 1996:99). Por otro, la igualdad dentro de la desigualad, es una forma de marketing que nos despista y nos hace pensar que mientra que algunas sean un poco más iguales, todo está yendo bien. Así, “el consumidor interioriza en el mismo acto de consumo, la instancia social y sus normas” (Braudillard, [1968] 1990:199), de manera que cuando deseamos que las mujeres seamos iguales a los hombres, estamos asumiendo el patriarcado desde el capitalismo, como si fueran sistemas distintos, o como si fuera posible “articular desde una estructura desigual la superación de la desigualdad misma” (Zurita, 2008:107).

Con todo lo dicho, nos movemos entre dos certezas: es tan necesario que las mujeres tengamos acceso a los recursos, como replantearnos el significado de los mismos. ¿Es posible la síntesis entre estas dos posturas? Pensamos que sí, que se puede plantear líneas paralelas, de manera que no sólo no son excluyentes, sino que se refuerzan.

Esta etnografía se propone desde otro enfoque, respondiendo en principio a dos inquietudes: la primera, revisar los sentidos emitidos desde las instancias oficiales sobre palabras como participación, trabajo, necesidades sociales, bienestar social, salud, educación, conocimiento, cultura, creación, arte, desarrollo, igualdad, etc., y renombrarlos desde las personas a las que se dirigen las políticas, en este caso de “Igualdad”. Con ello ubicamos el enfoque desde el cual vamos a trabajar desde el interior de las experiencias vividas, para, desde ahí, apropiarnos como sujetos  y dirigir los cambios sociales.

La segunda, prestar atención no tanto a lo cuantitativo, es decir, a la cantidad de mujeres que se sitúan en posiciones más privilegiadas dentro de las jerarquías sociales, económicas, políticas, culturales, simbólicas, sino al cuestionamiento de la propia existencia de las jerarquías sociales y de valores, así como de cualquier relación de dominación, pensando que “el poder se ejerce desde innumerables puntos” (Foucault, [1977] 2009:99).

Por todo ello, la forma de investigar-actuar ha sido de manera global, es decir, tratando de dar cuenta de los vínculos entre distintas opresiones, intentando no escindir el género (asociado a su vez a la mujer) de la igualdad en sentido amplio, mirando las formas de relación, la cultura y la vida cotidiana, desde el interior de las prácticas sociales. La elección del TOcomo herramienta responde a esta “curiosidad” de conocer cómo hombres y mujeres del municipio definían la desigualdad desde su propia experiencia, así como qué alternativas plantean, cuáles son de hecho sus políticas diarias; “asumir el lugar en el que las personas viven (…) porque ese lugar es su cultura” (Mandly 1996: 90).

Respecto al objeto de estudio, la practica de TO aplicado a la igualdad, aporta un giro en la visión de la misma:

  1. Por un lado, somos sujetos de igualdad, no objeto de políticas públicas. Con ello:

Tenemos voz.
Tenemos voz legitimada para definir nuestra propia situación.
Tenemos voz legitimada para definir nuestra necesidad de cambio.
Tenemos voz legitimada para definir las alternativas a la situación que se desea transformar, así como las estrategias a poner en juego para tal fin.

  1. Por otro lado se contempla la igualdad como valor y como práctica, es decir, como modo de relación. De manera que no sólo es importante pertenecer a las estructuras, sino cuestionar la cualidad de estas estructuras.

Comenzaremos el estudio preguntándonos qué es desigualdad y lo terminamos respondiendo con otra pregunta, ¿qué es participación? Desde la perspectiva que nos da esta etnografía, podemos decir que participación es comprender que nos encontramos dentro de un proceso de aprendizaje mutuo, en el que es necesario poner en valor todos lo saberes, o como dice mi madre, la “igualdad no es que todos seamos iguales, sino que todos merecemos el mismo respeto”. Para ello, el esfuerzo mayor de la participación es reconocer, valorar y potenciar los contextos donde esto es probable y reconstruir o cuestionar otros donde no lo está siendo.


(NOTA) El presente epígrafe “Teatro del Oprimido e Igualdad de Género” tiene como referencia la descripción etnográfica del estudio  “Relaciones de género y Representación. Investigación y Acción a partir del Teatro del Oprimido”. Nos basamos en la observación exhaustiva de la práctica del Teatro del Oprimido en entidades de formales pro igualdad, realizada en el marco de la etnografía “Relaciones de Género y Representación. Investigación y Acción a partir del Teatro del Oprimido”. No obstante en ciertos puntos constatamos  la transferencia de esta descripción para otros espacios formales tales como los centros de enseñanza, asociaciones sociales, o escuelas de teatro. A su vez, podemos extrapolar estas consideraciones a encuadres tanto de intervención socioeducativa como de formación.



"Actuando en el Templo de Vesta. Teatro Social, Teatro de lxs Oprimidos, Teatro Foro" Patricia Trujillo López. Ed. Neret, Barcelona 2018 (2ª Ed.)

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